El sabor de la primavera
26.3.4

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A finales de marzo, cuando aún se agradece la chaqueta ligera, en Japón hay algo que despierta casi tanta atención como el parte del tiempo: la previsión de floración del cerezo.
La primavera avanza del sur al norte tiñendo el país de rosa y, en cuanto los árboles empiezan a brotar, los parques se llenan de las inconfundibles lonas azules. No es raro ver a algún empleado novato esperando desde la madrugada para guardar sitio, envuelto en su abrigo y probablemente preguntándose en qué momento su contrato incluía pasar la noche vigilando un trozo de césped.
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La fiesta bajo los cerezos se llama hanami. Surgió hacia el siglo IX, cuando la aristocracia contemplaba las flores y escribía poemas. Con los siglos, la cosa se fue animando y el pueblo empezó a reunirse para comer, beber y cantar. Hoy el hanami es una mezcla muy japonesa de paseo primaveral, comida al aire libre y reunión social que a un español podría recordarle a una romería...solo que aquí el protagonismo no lo tiene el santo, sino el árbol.
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Y, como en toda reunión popular, hay personajes fijos. Está el bebedor filosófico, que tras dos vasos mira las flores con intensidad y anuncia: "La vida es como el cerezo...". Está el cantante espontáneo que nadie ha pedido, y está también el que se duerme a los veinte minutos con una naturalidad admirable. Pero hay uno especialmente entrañable: el que apenas mira las flores y, en cambio, observa la nevera portátil con la misma atención que un halcón observa su presa. No habla mucho, no se mueve demasiado, pero todos saben que está calculando mentalmente cuánto falta para abrir la siguiente lata. Para un extranjero puede resultar chocante; para los japoneses, forma parte del ritual.
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La explicación suele buscarse en el simbolismo del cerezo. La flor dura muy poco. Un golpe de viento basta para que los pétalos caigan y el suelo se cubra de rosa. Sabiendo que el espectáculo apenas dura unos días, la gente siente la necesidad de aprovecharlo. Y eso, en Japón como en España, suele significar reunirse, comer bien y brindar por lo efímero.
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Hoy el ambiente es algo más calmado que antaño. Hay familias, turistas, fotógrafos aficionados y paseantes tranquilos. Por la noche, los árboles se iluminan y aparece el encanto del yozakura, los cerezos nocturnos, que convierten el parque en algo entre postal romántica y escena de película japonesa.
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Si alguna vez visita Japón en primavera, no dude en acercarse a un parque. Observe las flores, sí, pero también a la gente. Entre risas, conversaciones y alguien buscando discretamente otra cerveza, entenderá que el hanami no trata solo de mirar árboles.

Trata, más bien, de celebrar que la primavera ha llegado… y de hacerlo en buena compañía, que al final es lo que realmente florece.
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