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Cuando en Japón el viento de primavera empieza a suavizarse y en las floristerías
aparecen los primeros claveles rojos, siempre hay algo que viene a la mente:
el Día de la Madre. |
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| Curiosamente, en Japón hubo un tiempo en que esta celebración no se asociaba a mayo, sino al 6 de marzo, fecha que coincidía con el cumpleaños de la Emperatriz Kojun. Hoy, tanto en Japón, donde se celebra el segundo domingo de mayo, como en España, donde este año se celebrará el 3 de mayo, la fecha se sitúa ya en primavera avanzada. Pero ese primer momento en que los claveles empiezan a asomar sigue teniendo algo especial, como un aviso discreto. |
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Con la llegada de esta fecha, también suelen circular historias que nos recuerdan de distintas maneras el significado de la maternidad.
Este año, una de ellas ha conmovido a miles de personas y tiene como escenario
el parque zoológico de Ichikawa. Su protagonista es "Punch",
un macaco japonés rechazado por su madre poco después de nacer. Para aliviar
su ansiedad, los cuidadores le dieron un peluche de orangután. Desde entonces
lo abraza, duerme con él y casi nunca lo suelta. La imagen recuerda a un
niño buscando el pecho materno. |
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| En los monos, la madre no solo alimenta: enseña a vivir en grupo y transmite seguridad a través del contacto. Lo que Punch buscaba en ese peluche era, quizá, ese calor básico que permite crecer. |
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| Con el paso del tiempo, el Día de la Madre llegó desde Estados Unidos y acabó formando parte del calendario emocional del año en Japón. El clavel rojo se convirtió en símbolo de gratitud; durante décadas, los niños lo llevaban en la ropa o lo ofrecían en casa. |
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| Cuentan que Punch empieza ahora a relacionarse más con otros miembros del
grupo. Es una buena noticia. Pero su abrazo al peluche nos recuerda algo
esencial: ¿quién nos sostuvo cuando aún no sabíamos caminar solos? ¿Quién
nos levantó tras una caída o nos miró con paciencia cuando fallábamos?
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| Este año, mientras en Japón los claveles rojos anuncian la llegada del Día de la Madre, aquí también nos acercamos poco a poco a esa fecha. Y, como allí, no hace falta un gran regalo. A veces basta un detalle pequeño: una flor sencilla, unas palabras escritas a mano o una llamada tranquila que empiece con un “¿Cómo estás?”. En ocasiones, esos gestos mínimos son los que mejor conservan el calor de un abrazo. |
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| En la luz clara de la primavera, allí y aquí, recordar ese calor es quizá el gesto más auténtico que podemos ofrecer. |
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